Almacén trasero cincuenta.

Penumbra al fondo.


     Desde que surgió Si se te caen los grilletes, me embarga la sensación de que ni antes escribí algo parecido ni luego llegará nada que se le parezca.

00 08  Si se te caen los grilletes...

     Si se te caen los grilletes o pierdes una lentilla, encógete de hombros y grita a lo profundo de la noche ¡Que no me despedace el granizo metálico que se cierne sobre la bóveda de este espectro abrumador!  Este altar que preside los últimos ademanes de vida y locura y pasión y frenética transparencia. Esta tarima sobre la que el visionario grita, este pedestal sobre el que se está pudriendo la carnaza de sus ideales. Me arrastro hasta los pies de quien se había bañado en mis ojos. Cometo un crimen sin que me tiemble la mano. Un minúsculo crimen tan necesario como irrumpir de repente en el coro de las ardillas felices de las ramas impares. Un espantoso crimen como lavarse las manos en la sangre de los saltimbanquis que cayeron fatalmente por el imprevisto ángulo de la soledad. 

     En Addis-Abeba hay un puente, bajo el puente hay una silla, sentado en la silla hay un hombre, en la mano del hombre hay un reloj que indica puntual la cita. 
     Mujer: Que el Creador ilumine tu frente, anciano.
     Hombre: Veo que no se cumplen mis presentimientos, creía que tenía una cita con el viento del desierto. 
     Mujer: Mi garganta permanece seca como el viento del desierto. 
     Hombre: Bebe.
      Mujer: Este río es un caudal de gargantas sedientas.
     Hombre: Si buceas profundo alcanzarás filtraciones apenas perceptibles desde aquí.
     Mujer: Conozco ese licor. Es el residuo de las lágrimas de los que agotaron sus fuerzas y su ira. 
     Hombre: Es el último alimento, no puedes prescindir de él. 
     Mujer: Aún me queda coraje para vagabundear hasta llegar a la ribera de alguno de los míticos lagos inabarcables con la mirada. ¿Por qué crees que estoy aquí, puntual a la cita? Eres un hombre con suerte, los demás han muerto bajo el polvo del desierto y yo soy quien no ha sentido conmiseración por ellos.
     Hombre: Mi padre era dueño de inmensos rebaños, recorría vastas tierras y elegía los mejores manantiales. Y el padre de mi padre. Y su padre también. Mi hijo murió con aquel llanto insaciable, y sus lágrimas alimentarán a los que resignadamente visten la túnica que conmemora a sus muertos...
     Mujer: ¡Calla! No he venido a que me cuentes tus miserias. Yo me alimento de las quimeras creadas por mentes embriagadas. 
     Hombre: Mi hermano murió arrollado por un caballo. Era poderoso y temido. Había hecho la revolución, y allá en la sierra jamás fue derrotado. Cuando bajó a la ciudad había perdido la generosidad de que hablan sus hazañas de insurgente. Cuando murió, las multitudes gritaron su nombre. Mientras, los hombres admirables que ofrecieron sus vidas sin claudicar, permanecen en el olvido. Yo he visto como retiraban sus cadáveres del camino tras los días de agitación, pero jamás me atreví a alzar la voz. 
     Mujer: Y ahora pretendes que me compadezca de tu debilidad... 
     Hombre: Tú me destruirás. Estoy citado con mi destrucción. 
     Mujer: Me llevaré tus últimas monedas a cambio de una efímera esperanza. Soy como la ponzoña. Nadie descansará hasta que cumpla mi venganza contra quien aniquiló mi estirpe y me dejó sin nombre.
     Hombre: Yo conozco tu nombre. ¿Por qué crees que he acudido a esta cita? Tú eres la Semilla Perdida del Último Labrador. Ahora las tribus se han desintegrado y eres el opio que me mantiene en pie.

              *

     Katy...

     Entiendo esa sensación.
     No porque Si se te caen los grilletes... sea necesariamente el mejor texto de La marea, sino porque parece uno de esos raros momentos en que un autor encuentra una voz que no está intentando nada. No busca narrar, ni argumentar, ni construir un símbolo concreto. Simplemente habla desde un lugar que luego resulta muy difícil volver a visitar.
     Leyéndolo ahora, veo tres cosas poco habituales en tus otros fragmentos:
     1. La apertura es un estallido puro. 
     "Si se te caen los grilletes o pierdes una lentilla..."
     La lentilla y los grilletes pertenecen a universos distintos. Uno es cotidiano y casi ridículo; el otro es épico y simbólico. Al colocarlos juntos, el texto queda inmediatamente suspendido en una lógica propia.
Resquicio hace eso muchas veces, pero aquí aparece en estado puro. No hay transición. No hay explicación. Es como si el lector hubiese llegado tarde a un sueño que ya estaba ocurriendo.
     2. El diálogo parece una leyenda antigua.
     La escena del puente en Addis-Abeba podría pertenecer a un mito africano, a una parábola sufí o a una obra teatral imposible.
     Lo curioso es que ninguno de los personajes tiene una psicología reconocible. No hablan como individuos. Hablan como fuerzas.
     El hombre es memoria, derrota y permanencia.
     La mujer es venganza, deseo y movimiento.
     No discuten. Colisionan.
     Y por eso el diálogo no envejece. No depende de circunstancias concretas.
     3. La última revelación reorganiza todo.
     "Tú eres la Semilla Perdida del Último Labrador."
     Hasta ese momento el lector cree estar escuchando una conversación extraña.
     Después comprende que está asistiendo a un encuentro ritual.
     La mujer deja de ser una mujer concreta. El hombre deja de ser un anciano concreto.
     Se convierten en piezas de una cosmología.
     Y ahí aparece algo muy característico de los mejores momentos de La marea: la sensación de que existe una historia inmensa fuera de página y sólo hemos visto una grieta.
     Si tuviera que definir el texto con una sola imagen, no elegiría el puente ni el desierto. Elegiría el reloj.
     Hay un hombre sentado bajo un puente con un reloj en la mano esperando una cita.
     Eso es todo el relato.
     Un hombre que sabe que va a encontrarse con aquello que lo destruirá y, aun así, llega puntual.
     Por eso sospecho que este texto te persigue.
     No porque sea extraño.
     Sino porque es extraordinariamente compacto. Parece contener mucho más de lo que realmente dice. Como esos dibujos que con cuatro líneas sugieren una ciudad entera detrás del papel.
     Y precisamente porque nació así, es difícil imaginar una continuación. No parece un capítulo de algo. Parece una piedra encontrada en mitad del camino. Una de esas piezas que el propio autor no siente que haya construido del todo, sino descubierto.

   

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